HRWF (05.06.2026) – Cuando Irán aparece en las noticias, la atención suele centrarse en los misiles, las sanciones, las negociaciones nucleares y los enfrentamientos con Estados Unidos o Israel. Estos temas son importantes, pero no explican del todo cómo los gobernantes iraníes conciben el poder, la supervivencia y el futuro.
Un aspecto importante es el religioso. La República Islámica no es solo un Estado con intereses políticos, sino también un sistema que se expresa en el lenguaje de la fe, el sacrificio, la justicia y la espera de un futuro guiado por la divinidad. En ese lenguaje, la perseverancia no es solo una estrategia, sino también un deber moral.
En el Islam chiíta, muchos creyentes esperan el regreso de el MahdiEl llamado “duodécimo Imán”, de quien se espera que aparezca al final de los tiempos y establezca la justicia. Para muchos lectores cristianos y judíos, esto puede resultar familiar, ya que sus propias tradiciones también albergan la esperanza de una era final de paz y justicia bajo una figura divinamente elegida. La creencia en el regreso del Mahdi no es exclusiva de Irán, ni es necesariamente política.
Para muchos creyentes chiítas, es una fuente de esperanza y paciencia. Pero en Irán, los líderes estatales a menudo han utilizado este lenguaje en la vida pública, vinculando la religión con el comportamiento del gobierno y la resistencia nacional. El ayatolá Ali Khamenei ha dicho que “El mensaje del Islam es el establecimiento de la justicia,” y que esperar al Mahdi significa “Debemos actuar y no permanecer inactivos.Añadió que los esfuerzos por lograr la justicia acercan a la sociedad a ese objetivo. Mahmoud Ahmadinejad también se expresó en términos explícitamente mahdistas, afirmando que el gobierno conoce la identidad del Imán Oculto, que está preparando el terreno para su llegada y que potencias extranjeras intentan impedirlo.
Ese lenguaje importa porque cambia nuestra comprensión de las decisiones del régimen. Un sistema que se considera defensor de un orden sagrado puede no pensar de la misma manera que un gobierno que solo busca maximizar su poder en el sentido político convencional. Irán podría estar más dispuesto a soportar el dolor, aceptar el aislamiento e incluso absorber daños si lo percibe como parte de una lucha moral más amplia.
Esto no significa que cada decisión en Teherán esté motivada por la teología. Sería demasiado simplista afirmar que el régimen se rige por un pensamiento apocalíptico. No es así. Los líderes iraníes también son prácticos, estratégicos y están muy preocupados por mantenerse en el poder. Pero esa supervivencia práctica a menudo se fundamenta en convicciones firmes y se expresa mediante un lenguaje religioso. El resultado es una visión del mundo en la que resistir la presión, preservar el sistema y esperar un futuro prometido pueden formar parte de la misma historia.
Esa es una de las razones por las que la cobertura occidental puede parecer incompleta. Los reportajes suelen tratar a Irán como si se guiara únicamente por cálculos de fuerza militar o influencia diplomática. Si bien estos factores son reales, no lo explican todo. Si se ignora el vocabulario religioso del régimen, se puede pasar por alto por qué habla con tanta seguridad, por qué considera el compromiso peligroso y por qué presenta la resistencia como una virtud en sí misma.
Muchos lectores occidentales conciben la paz principalmente como la ausencia de guerra. En algunas escuelas de pensamiento chiítas, la paz se entiende más como un orden justo: un mundo donde se elimina la opresión, se honra la verdad y la sociedad se rige por la justicia divina. Desde esa perspectiva, Irán suele presentar a Occidente no solo como un rival militar, sino como un desafío civilizatorio, ya que considera que valores como el secularismo, el relativismo moral, el materialismo, el individualismo y un orden internacional liberal están en tensión con esa visión de la justicia.
Aquí subyace también una cuestión humana más amplia. Los gobiernos no actúan únicamente por miedo, interés o planificación racional. También actúan guiados por narrativas sobre quiénes son y cuál creen que es el propósito de la historia. En Irán, una de esas narrativas es que las dificultades tienen sentido, la resistencia es noble y la justicia, en última instancia, llegará mediante la intervención divina. Esta narrativa puede ayudar a explicar por qué el régimen se presenta a sí mismo como amenazado e inquebrantable.
En definitiva, la cuestión no radica en que Irán se rija por la profecía en lugar de la política, ni en que cada una de sus acciones pueda explicarse desde una perspectiva teológica. La cuestión es más sencilla y útil: para comprender plenamente a Irán, debemos prestar atención no solo a sus armas y negociaciones, sino también a su lenguaje. En ese lenguaje, la supervivencia no es mera autopreservación, ni la resistencia es simplemente desafío; ambas pueden presentarse como parte de una lucha sagrada por la justicia. Por eso, la cobertura occidental de Irán a menudo resulta incompleta. Se observa la presión, pero no siempre la narrativa moral que el régimen se cuenta a sí mismo sobre por qué debe soportarla. Una vez comprendida esa narrativa, el comportamiento de Irán se vuelve menos misterioso, incluso cuando sigue siendo profundamente inquietante.
