COMUNICADO DE PRENSA // Iglesia de Scientology Internacional // ALEMANIA –Durante casi treinta años, la Oficina para la Protección de la Constitución de Alemania sometió a la Iglesia de Scientology y a miles de Scientologists a vigilancia por parte de los servicios de inteligencia bajo la afirmación de que la religión representaba una amenaza para la democracia.
Hoy, esa vigilancia termina exactamente donde siempre debería haber terminado: con el fracaso absoluto de las acusaciones sobre las que se construyó.
Tras décadas de investigaciones, operaciones de inteligencia, captación de informantes, intentos de infiltración, campañas políticas, inclusión en listas negras, “filtros antisectas”, advertencias públicas y un escrutinio estatal extraordinario, las autoridades alemanas no han producido ninguna red extremista, ninguna conspiración contra el Estado, ninguna campaña para socavar la democracia, ningún acto de violencia y ninguna prueba de que los cienciólogos fueran jamás la amenaza que se dijo que eran.
Porque la verdad es sencilla: La amenaza nunca existió.
Lo que sí existió fueron treinta años de discriminación institucionalizada dirigida contra una religión minoritaria pacífica y contra las personas que la practicaban.
Scientologists en Alemania perdieron empleos, carreras profesionales y oportunidades comerciales a causa de su fe. Las familias fueron estigmatizadas. Los hijos de Scientologists sufrieron discriminación en las escuelas. Artistas, profesionales y figuras públicas fueron atacados y condenados al ostracismo únicamente por sus creencias religiosas. Los “filtros antisectas” respaldados por el gobierno se extendieron por la vida pública y privada alemana, advirtiendo a empleadores e instituciones contra los Scientologists como si la mera asociación religiosa ordinaria constituyera en sí misma un peligro.
Y todo esto se justificó mediante una narrativa que ahora se ha derrumbado por completo.
No porque los investigadores carecieran de tiempo.
No porque las autoridades carecieran de recursos.
Sino porque las propias acusaciones eran falsas desde el principio.
Durante esas mismas décadas, Cienciología continuó obteniendo reconocimiento, protección y reivindicación en todo el mundo democrático.
En 1993, tras uno de los exámenes más extensos jamás realizados de una organización religiosa, el Servicio de Impuestos Internos de Estados Unidos concedió pleno reconocimiento religioso a las Iglesias de Scientology y entidades relacionadas.
En 1997, el Tribunal Supremo de Italia reconoció a Scientology como religión y rechazó los esfuerzos por criminalizar sus prácticas.
En 2007, la Audiencia Nacional de España confirmó el estatus de Scientology como religión con derecho a la protección de la libertad religiosa conforme al derecho europeo.
En 2013, el Tribunal Supremo del Reino Unido condenó por unanimidad la discriminación contra los Scientologists como “ilógica, discriminatoria e injusta”, al tiempo que reconoció las capillas de Scientology como lugares de culto religioso.
En 2016, tras un procesamiento de dieciocho años cargado de acusaciones sensacionalistas, los tribunales belgas absolvieron plenamente a Scientology y condenaron el propio procedimiento como fundamentalmente incompatible con las protecciones básicas de los derechos humanos.
Al mismo tiempo, tribunales y gobiernos de toda Europa, América Latina, África y Asia reconocieron a Scientology y protegieron los derechos de los Scientologists como miembros de una religión legítima.
Mientras tanto, en Alemania, el aparato de vigilancia continuó.
Incluso mientras los tribunales fallaban reiteradamente contra acciones discriminatorias vinculadas a estas políticas.
Incluso mientras conclusiones internas reconocían la ausencia de pruebas.
Incluso mientras varios estados alemanes suspendían discretamente la vigilancia tras constatar que no existía ninguna conducta indebida que justificara actuación alguna.
Incluso mientras organizaciones internacionales de derechos humanos, funcionarios extranjeros y grandes medios de comunicación cuestionaban el trato dispensado por Alemania a los Scientologists.
La historia ha demostrado el peligro que surge cuando gobiernos e instituciones distorsionan sistemáticamente las creencias de una religión minoritaria para justificar un trato excepcional contra ella. Una vez que la sospecha reemplaza a las pruebas y la propaganda reemplaza a la objetividad, las propias protecciones constitucionales comienzan a erosionarse.
Esa es la verdadera lección de esta historia.
Porque esto nunca trató simplemente de Scientology.
Se convirtió en una prueba de si las sociedades democráticas defenderían la libertad religiosa cuando el miedo político, el estigma y el oportunismo hacían impopular hacerlo.
Ahora, después de casi treinta años, el resultado final contrasta de forma marcada con la retórica que alimentó esta campaña.
No se salvó ninguna democracia.
No se descubrió ninguna conspiración oculta.
No se expuso ninguna amenaza constitucional.
Solo la realidad de que una enorme maquinaria de vigilancia, sospecha y discriminación había sido dirigida contra una comunidad religiosa pacífica que era inocente de las acusaciones utilizadas para justificarla.
El anuncio de hoy de la Oficina Federal de Protección de la Constitucion no borra el daño infligido a miles de cienciólogos durante tres décadas.
Pero sí marca el colapso de una de las campañas más prolongadas de discriminación religiosa patrocinada por el Estado en la Europa democrática moderna.
La historia ya ha dictado su veredicto.
Y ese veredicto no recae sobre Scientology.
